¿Qué nos enseñan los cosmonautas sobre el confinamiento?

Estos días de confinamiento, en los que estamos viviendo una montaña rusa emocional, luchando contra el impulso de salir corriendo a la calle, hemos visto varias publicaciones sobre lo que los científicos y astronautas han vivido y como su experiencia nos puede ayudar.

No seré yo quien mejore lo ya escrito en estos artículos, pero sí que echo en falta algo de información que puede hacer que nuestros limites de confinamiento se hagan más grandes en comparación.

Las limitaciones más importantes que nos hemos encontrado, al igual que nuestros aventureros del cosmos, han sido no poder salir, al igual que ellos y convivir, en muchos casos, con otras personas de las que no puedes separarte lo suficiente para evitar conflictos.

Ambas experiencias están muy estudiadas, podréis leer en blogs y artículos de revistas, que la medicina que se ha usado desde las primeras misiones de larga duración ha sido la rutina.

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Estados unidos y el salvaje oeste

Esta Semana Santa pensaba tomarme un descanso y no publicar en el blog, pero la actualidad siempre nos arrolla. Llevo unos días leyendo artículos desde varias fuentes en los que se refleja una queja de Roscosmos (la agencia espacial rusa) sobre la orden emitida por míster Trump, que es la que me ha sacado de un tortazo de mis vacaciones.

En resumen, para introducir este artículo, diremos que, como en el salvaje oeste, las tierras son para el primero que llega y Estados Unidos, no quiere perder su trozo de pastel. Hasta aquí todo normal, nada que reprochar. Lo malo de todo esto son las formas y quizá las intenciones.

Trump cree que la existencia del “Tratado de la Luna” de 1979, desincentiva a las empresas a invertir en exploración espacial. Lo cierto es que EEUU nunca firmo este tratado, por lo que es como decir que las leyes de consumo de alcohol de los países árabes desincentivan la producción de bourbon en Kentucky… Pero bueno, ya sabemos como se las gastan los estadounidenses a la hora de buscar excusas. Recodad el Maine si no.

Nuevo traje luner de la NASA
Presentación del nuevo traje xEMU para usar en la Luna. NASA

Si que es curioso que, además del “Tratado de la Luna”, existe otro tratado, el “Tratado sobre el espacio ultraterrestre” (realmente llamado Tratado sobre los principios que deben regir las actividades de los Estados en la exploración y utilización del espacio ultraterrestre, incluso la Luna y otros cuerpos celestes).

Este tratado tiene más miga, lo han firmado y ratificado la mayoría de potencias espaciales y las tres únicas que pueden poner hombres en el espacio (hoy, únicamente dos China y Rusia). En este tratado, si que se recoge, en su artículo 2, que “el espacio ultraterrestre, incluso la Luna y otros cuerpos celestes, no podrá ser objeto de apropiación nacional por reivindicación de soberanía, uso u ocupación, ni de ninguna otra manera”.

Pues la visión de salvaje oeste de Trump, afirma que este tratado da “inseguridad” sobre los derechos de uso de los recursos extraterrestres.

Lo que dice la orden de Trump es algo así como “Outer space is a legally and physically unique domain of human activity, and the United States does not view it as a global commons.” Literalmente: “El espacio ultraterrestre es un dominio legal y físicamente único de la actividad humana, y los Estados Unidos no lo consideran un bien común mundial.

Nuevo módulo lunar para las misiones de la década 2020
Trup quiere volver a la luna en 2024. Sin financición, no son más que declaraciones políticas. Es dificil elegir entre la inversión en investigación espacial y “virgencita que me quede como estoy” si esto supone la expropiación de la Luna a la humanidad.

Cierto es que no deja de ser una declaración de intenciones, sin la capacidad de explotar estos recursos no es más que un brindis al Sol. Hasta que sí que sea posible. Algún día explotar algunos de esos recursos será la diferencia entre tener energía limpia y barata o no, entre tener superconductores o superbaterías o no. Y da la sensación de que Trump tiene la intención de que esto sea para el primero que llegue y ponga su valla.

También es cierto que en los últimos meses hemos podido ver en las noticias como Cowboy Trump creaba la Fuerza Espacial de los EEUU y recientemente les transferían personal de hasta 7 escuadrones. Ha recibido ya sus primeras “armas”, que son elementos de bloqueo de señales enemigas. El presupuesto estimado de este año para esta fuerza espacial, supera los 15.000.000.000 de dólares. Se acumulan las señales que deberían hacer recelar a la comunidad internacional o llegad oel momento, habrán adquirido ese derecho por incomparecencia de los demás interesados. Salvo la respuesta de Roscosmos, no hemos tenido ni una valoración de las intenciones por parte de organismos internacionales y supranacionales.

No nos toca, desde este blog, decidir si es bueno o no explotar recursos en otros cuerpos celestes o si el modelo económico basado en la extracción cada vez mayor de recursos naturales es el mejor camino para el progreso, pero lo que sí es cierto que existen unos tratados internacionales para asegurar el acceso consensuado de la humanidad a estos recursos, tratados, que como en otras ocasiones, los vaqueros del salvaje oeste, cumplen o no a su voluntad y beneficio.

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Paradoja de Fermi ¿Como es que no hemos hablado con los extraterrestres?

Al finalizar el artículo anterior, vimos que cada año, se estimaba que en todo el universo había mas de 4000 civilizaciones con capacidad para comunicarse con nosotros. ¿Cómo es que aún no tenemos nada concluyente?

Bien, responder a esa pregunta es casi más difícil que a la anterior, pero conocemos mejor los números en contra. A esta extraña situación en que, aparentemente rodeados de civilizaciones, no hemos contactado con ninguna, se le llama Paradoja de Fermi.

Enrico Fermi, para situarnos, fue uno de los físicos que trabajo en el Proyecto Manhattan para construir la primera bomba atómica. Los que hayáis estudiado Termodinámica, os habréis topado con su libro.

Al parecer, en una conversación informal, planteó esta duda sobre las posibilidades de encontrar vida inteligente y muchos se acogen a esta premisa. La visión de Fermi era pesimista (después de trabajar en la bomba atómica) ya que pensaba que las civilizaciones avanzadas, acababan destruyéndose a sí mismas, como un reflejo del trabajo en el que había participado. Por otro lado, surgió la hipótesis de “La Tierra rara”, en la que eran las condiciones benévolas de nuestro planeta, así como su duración en el tiempo, las que han permitido el surgimiento de la vida inteligente, concluyendo en que solo la vida unicelular es común en el universo.

Yo no soy tan pesimista, pero si es cierto que hay varios factores que van en nuestra conta a la hora de recibir una comunicación extraterrestre que vamos a intentar repasar para ver que, establecer esa comunicación, no es tan fácil como parece. El primero de esos motivos es la distancia.

Ya sabemos que las distancias en el universo son abrumadoras, las señales de las sondas que esta en el borde del sistema solar, como las Voyager, tardan unas 20 horas en llegar, viajando a la velocidad de la luz. Cualquier señal de otros sistemas solares tardará en llegar años, miles de años o millones de años. Es decir, una civilización que haya enviado una señal hace, digamos 10.000 años, pero que esté a un millón de años luz de distancia, es una señal que aún no nos ha llegado. Y aunque nos llegue y la devolvamos, las posibilidades de sigan ahí, que su estrella no haya muerto o la civilización no haya desaparecido, son muy bajas.

Puedes pensar que hace 5 mil millones de años ya podría existir alguna civilización, pero cuanto más atrás vamos en el tiempo, más difícil es que existan, ya que el que tu y yo estemos aquí, requiere que alguna estrella haya explotado y generado esos materiales de los que estamos hechos y de los que está hecha la tecnología, es decir, cuanto más viejo es el universo, más fácil es que existan esas civilizaciones tecnológicas, por lo que sus señales han tenido menos tiempo para llegar hasta nosotros.

Por ejemplo, nosotros llevamos unos 140 años emitiendo, nuestras señales a penas se han alejado de nosotros.

En estos 140 años nuestras señales han llegado a unas 120.000 estrellas. Si intercambiamos los lugares y somos nosotros los que escuchamos, una civilización que estando en el otro lado de la galaxia y haya mandado un mensaje hace 1000 años… aún deberá esperar unos 100.000 años para que nos llegue y aunque consiguiésemos responder, ya no estará allí el que mandó la señal, cuando les llegue nuestra respuesta en 200.000 años.

En la película Contact (basada en el libro homónimo de Carl Sagan) la primera transmisión que se recibe en la tierra es una emisión de televisión rebotada que nos mandan desde la estrella Vega. Esta estrella esta a 25 años luz y es algo más grande que el sol, por lo que parece una buena estrella para tener planetas en la zona habitable similares al nuestro. En la película, la señal que mandan es la primera señal de televisión generada por el hombre (la primera a gran escala) en los juegos olímpicos de Berlín en 1936. Tarda 25 años en ir y otros 25 en volver (la rebotan, no cuento más por si no has visto la peli) pero, si casi en los 90, te dicen que te responde una carta de los años 30… parece que la comunicación se hace complicada. Vega, además esta muy, muy, muy cerca de nosotros.

Antena de radioastronomia
Antena Aries en el centro astronómico de Yebes (Guadalajara, España).

Parece que la comunicación se complica, solo en términos de distancia. Pero no hemos acabado, aún hay más.

La señal de los juegos de Berlín se emitió, digamos a lo bestia, hacia todos lados, sin embargo, conforme mejoramos la tecnología, las emisiones hacen cada vez a puntos más concretos de forma que ahorramos energía… y hacen que sean más difíciles de detectar, a no ser que estés en esa misma línea de transmisión o seas el receptor.

Por ejemplo, las sondas Voyager, que están ahí mismo a 0,0024 años luz, son una proeza de la comunicación, ya que debemos apuntar con exquisita precisión hacia ellas unas grandes antenas de 70 metros de diámetro para poder captar esas débiles señales. Como de complicado debe ser hacerlo a 200 o 300 años luz.

Imagina que estas en un territorio que conoces en extensión, digamos toda la península. Supongamos que tienes un láser para señalar. Supongamos que tiene alcance infinito, pero solo puede ser visto si te apuntan directamente. Supongamos que hay 5 personas repartidas por todo el territorio, lanzando señales sin saber a dónde. Para verlos deberías esta mirando, justo en el mismo momento que ellos te apuntan, mejor dicho, cuando te llega el haz de luz.

La tarea de estar sincronizados se hace casi imposible en las dimensiones del cosmos.

Ahora supongamos que nos llega la señal, pero no la vemos, es un haz infrarrojo y lo que esperamos es un haz de láser. Debemos estar mirando si, pero con la máquina adecuada. Están pensando que es tan sencillo como poner esas máquinas en los radiotelescopios. Vale, pero si fuese una señal de radio… ¿en qué frecuencia escuchas? La tarea se multiplica exponencialmente.

Después de unos años intentándolo, te das cuenta de que no sabes donde apuntar (recuerda que la antena parabólica, escucha una pequeña parte del cielo) ni qué sintonizar, radio, televisión, luz… es más, quizá lo estas oyendo y no lo sabes, por que no sabes que debes buscar entre el ruido de las señales que nos llegan constantemente de todo el universo.

La tarea de encontrar esa señal es, simplemente, titánica. Aunque nos queda el consuelo de pensar que, quizá, una civilización mas avanzada ya halla encontrado una solución a este problema… aunque nosotros no la sepamos.

Antena de 70 metros de la Red de Espacio Profundo (Deep Space Network) de la NASA en España. La red cuenta con tres centros en el mundo (para abaracar todo el cielo a la vez) y se usa para las comunicaciones con las sondas más allá de la órbita terrestre. Una de las tres se encuentra en España.

Para dejarte algo de buen sabor de boca, sí que se tiene más o menos claro qué señal sería la adecuada. Se cree que la frecuencia de emisión del hidrógeno frio (1420 MHz), una señal que conoce cualquier radioastrónomo sería la adecuada y, para asegurarse de que es reconocida por una civilización, estaría multiplicada por Pi, un número que debería conocer cualquier civilización tecnológica. Es algo por lo que empezar.

También se conocen las acumulaciones de estrellas donde hay más estrellas parecidas al sol, con edades similares, si son de 1ª, 2ª o 3ª población, para asegurarnos que hay elementos para el desarrollo tecnológico… y vida, claro. Esto de las poblaciones ya lo veremos despacio.

Y después de todo esto, falta que ellos transmitan hacia nosotros, y no en otra dirección.

Sea como sea, aunque con base científica, siguen siendo suposiciones y nada nos garantiza que usen esa frecuencia, pero esta claro que, por difícil que sea, cuantos más medios se destinen a este fin, más probabilidades tendremos de escucharlos. Hay algo que me resulta curioso. El que más y el que menos, alguna vez ha pensado en esto. Lo curioso es que tanto la opción optimista, la ecuación de Drake, como la pesimista, la paradoja de Fermi, tengan nombre propio.

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La ecuación de Drake

La ecuación de Drake es famosa entre los aficionados a la astronomía y representa un intento científico para responder a la pregunta ¿hay alguien ahí fuera?

Frank Drake es un astrónomo estadounidense que ha dedicado gran parte de su carrera a proyectos SETI (Search for Extra Terrestrial Intelligence).

La idea es estimar cuantas civilizaciones hay en la galaxia, por simplificar y por comunicarnos con alguien cercano. Para ello se diseñó una ecuación que tuviese en cuenta las variables que pueden estar asociadas al surgimiento de civilizaciones con la capacidad de comunicarse.

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Ley de Titius-Bode

La ley de Titius-Bode es una de las grandes y elegantes leyes de la Astrofísica, digna de ser contada. Allá por 1750 los astrónomos europeos buscaban una forma de entender las distancias de los planetas al Sol, ya se habían medido con cierta precisión las distancias al Sol de los planetas conocidos (Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter y Saturno) y se trabaja de buscar un patrón que ayudase a colocarlos y, por qué no, a buscar nuevos vecinos.

En ello estaba Johann Daniel Titius cuando promulgó la ley en 1766, atribuyéndola a Johann Elert Bode, de ahí el nombre de la ley Titius-Bode.

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